
Alcoy forma a cerca de tres mil estudiantes en materia de movilidad segura y sostenible durante el curso escolar
17 agosto, 2026Dicen que los viajes en Vespa tienen una cadencia especial. Te obligan a sentir el viento, a oler el paisaje y a vivir la carretera kilómetro a kilómetro. Del 8 al 16 de agosto de 2026, nueve almas apasionadas del motor clásico cambiamos el cálido levante de Alcoy por el verde intenso de Asturias. Siete monturas (más una octava por pura prevención) y una misión que trascendía el simple placer de viajar: ser el altavoz de quienes sufren Encefalomielitis Miálgica (EM).
La EM es una enfermedad que apaga vidas. Una afección neuroinmune que roba la energía hasta la extenuación, convirtiendo a quienes la padecen en grandes olvidados de nuestra sociedad. Para romper este silencio, decidimos que nuestro viaje tendría un hilo conductor: en cada parada emblemática, nuestras fotos de grupo incluirían un gesto unánime, taparnos el ojo derecho con la mano derecha. Una llamada de atención visual para decir: «Os vemos, no estáis solos».
Con el bagaje de nuestra expedición a los Pirineos del año anterior, aplicamos nuestra fórmula de éxito: disciplina de grupo inquebrantable, conocimientos mecánicos de supervivencia (bujías, bobinas y cables siempre a mano), y un campamento base desde el que trazar rutas radiales para empaparnos de la cultura, la gastronomía y la majestuosidad asturiana.
Aquí va el relato de nuestra aventura por tierras del norte.
Día 1 (8 de agosto): La maniobra de aproximación
900 kilómetros separan Alcoy de Asturias, una distancia prohibitiva para hacerla de un tirón sobre el asiento de una Vespa clásica. La estrategia fue clara: a las 11 de la mañana, un camión con plataforma elevadora engulló nuestras ocho máquinas. Tras una jornada relajada con baño, comida y siesta, iniciamos el traslado motorizado. Hicimos noche en Majadahonda, una parada táctica perfecta para dividir el esfuerzo y llegar con energía al Principado.
Día 2 (9 de agosto): Aterrizaje en el paraíso
Amanecer en Majadahonda y poner proa al norte. La ruta nos regaló una parada en Tordesillas, donde homenajeamos a la reina Juana I, para muchos mal llamada «la Loca». A la hora de comer, cruzábamos las puertas de nuestro alojamiento en Feleches, Siero. El desembarco de las Vespas fue rápido, empujados por el hambre que aplacamos en el mítico «Bar Pepe», nuestro primer contacto con la cocina local. La tarde fue de mecánicos: revisión de niveles, presión de ruedas, repostaje y un pequeño paseo para ir haciendo el rodaje a los sinuosos caminos asturianos.
Día 3 (10 de agosto): Rozando el cielo en los Lagos
Los lunes son días estratégicos porque los Parques Nacionales abren sus puertas. El objetivo: Covadonga y sus Lagos. Tras la visita obligada a la Cueva de la Santina y la estatua de Pelayo, encaramos las rampas hacia los lagos. Subir ese puerto en una Vespa de marchas es una experiencia mística, una conjunción de motor y naturaleza que pone los pelos de punta. La recompensa esperaba en el Restaurante Mari Rosa: una fabada antológica y ternera en salsa por unos 25€. Para rematar los 210 kilómetros de ruta, nos desviamos hasta Arenas de Cabrales, cuna de uno de los quesos más potentes y famosos del mundo.
Día 4 (11 de agosto): Oviedo, entre el prerrománico y el azúcar
Día de capital. La mañana fue una inmersión en la historia gracias a Noelia López, una guía oficial excepcional, que nos descubrió los secretos de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo. Conquistamos también el ascenso al Sagrado Corazón, el vigía de piedra de Oviedo. El banquete del día tuvo lugar en la Pumarada. El bonito fresco fue el rey absoluto de la mesa, un producto que en Asturias tratan con reverencia. La tarde fue urbana y estuvo dirigida por David Estévez (compañero de Noelia y un pozo de sabiduría). Paseamos por las inmediaciones del Teatro Campoamor, el Hotel de la Reconquista y, por supuesto, nos fotografiamos con la escultura de Mafalda. ¿El toque final? Un carbayón en la emblemática pastelería Camilo de Blas.
Día 5 (12 de agosto): Paladas, niebla y prerrománico accidentado
Dejamos las motos aparcadas temporalmente para enfrentarnos al Descenso del Sella. Optamos por K2 Aventura en Arriondas, un acierto total: al salir 4 kilómetros por encima del punto habitual, evitamos inicialmente a las más de 5.000 personas que abarrotaban el río ese día. Fueron los mejores kilómetros, puros y tranquilos, que coronamos con un picnic de casa. Retomamos las Vespas para ascender al Mirador del Fitu, guiados por José Ramón, de Avilés, un anfitrión que conoce las carreteras como la palma de su mano. La niebla nos jugó una mala pasada y tapó las vistas. En el descenso, paramos en el conjunto prerrománico de San Salvador de Valdediós. Allí, la mecánica falló: una avería nos retuvo lo suficiente como para perdernos un eclipse solar que queríamos ver con gafas solidarias de la Asociación SOLC. Gajes del oficio vespista. El consuelo: estaba nublado y al final ni eclipse, ni sol, ni vespa.
Día 6 (13 de agosto): Aguas termales y un concierto inesperado
Llegaba el ecuador del viaje y el cuerpo pedía tregua. Nos refugiamos en las aguas del Balneario Aquaxana (38€ la entrada, sin toalla incluida). Buenas instalaciones, aunque las comparaciones son odiosas y el recuerdo de Panticosa del año anterior pesaba. Tras recuperar fuerzas con una buena siesta en Feleches, volvimos a Valdediós para quitarnos la espinita del día anterior. Y el destino nos compensó: durante la visita al «Conventín», presenciamos los ensayos de un concierto de órgano en el monasterio cisterciense. Magia pura.
Día 7 (14 de agosto): Gijón, sidra y la hermandad del scooter
Con José Ramón y la incorporación de David, otro crack local, surcamos la bellísima AS-377 rumbo a Gijón. Comenzamos en el Museo del Pueblo de Asturias, una maravilla gratuita frente a El Molinón, donde el guía David Estévez volvió a dejarnos boquiabiertos con sus explicaciones sobre los hórreos y la cultura tradicional. Después, las Vespas tomaron el protagonismo con un desfile espectacular por el paseo del Muro de San Lorenzo. Parada técnica para un emotivo encuentro con Félix, presidente del Lambretta Club España, un referente de nuestra afición. Brindamos con sidra en la Cuesta del Cholo. La jornada culminó con la visita de Alfonso Murciego, presidente del Vespa Club España, un tipo entrañable con el que compartimos anécdotas y unos cachopos de dimensiones épicas en la Cafetería Vivaldi, antes de que la lluvia nos empapara de vuelta a casa.
Día 8 (15 de agosto): El oriente jurásico y el sabor de la despedida
Para la última rodada, escoltados por los incombustibles Hugo y David de Gijón, pusimos la brújula hacia el este. La meteorología amenazaba, pero no frenó nuestras ganas. Visitamos la salvaje Playa de Rodiles y trepamos por las empinadas calles del puerto ballenero de Lastres, famoso por sus miradores y por ser refugio del calamar gigante. La ruta nos llevó a Colunga, donde pisamos las mismas rocas que los dinosaurios hace millones de años. La sorpresa gastronómica de la despedida nos la dimos volviendo a Pola de Siero, en el restaurante de su karting: servicio de primera y comida espectacular. Por la tarde llegó el trago amargo: empaquetar de nuevo las siete Vespas en el camión y cerrar el equipaje.
Día 9 (16 de agosto): El retorno
La lluvia, pertinaz, nos acompañó en las primeras horas, poniendo un telón melancólico a nuestra marcha. Verificación final de los anclajes del camión y de vuelta a la realidad: 900 kilómetros de asfalto hasta Alcoy.
De Asturias nos llevamos la hospitalidad infinita de los clubes locales, el tacto del asfalto húmedo y el verde que satura las retinas. Pero nuestro mayor triunfo es haber rodado con propósito. La Encefalomielitis Miálgica necesita investigación, empatía y visibilidad. Mientras ellos sigan atrapados por la fatiga, nosotros seguiremos arrancando nuestras motos para que el mundo no aparte la mirada.







