
El Ayuntamiento de Alcoy ejecuta más de cincuenta actuaciones para restablecer la normalidad en las calles tras la tormenta
13 agosto, 2026
Las excavaciones de El Salt celebran la tradicional jornada de puertas abiertas
14 agosto, 2026Artículo de opinión de Rafael Valls
Tenía pendiente este artículo desde hace un tiempo. El perro de nuestra familia al que llamamos ROCKY nos dejó un 25 de marzo a la edad de 13 años. Su marcha fue consecuencia de una enfermedad habitual de los perros, que aunque Rocky luchó bravamente por superar, no pudo ser. Como cualquier perro, nos hacía la vida mejor, con sus saltos, lametones y carreras que siempre alegraban el día. El perro era de mi hijo, pero lo solíamos disfrutar en verano cuando los viajes de las vacaciones obligaban a su custodia. Tuve una relación con Rocky especial debido a un accidente fortuito que ocurrió a sus cuatro meses de edad y del que siempre me he considerado culpable. Se fracturó unos dedos de las manos aunque la pericia del veterinario de guardia hizo que solo fuese un mal momento. Lo queríamos mucho, como todos o casi todos los que tienen perro y todavía recuerdo sus miradas en el campo, sus ladridos cuando tenía hambre y su paciencia eterna en sus momentos de soledad, esperando detrás de la puerta. En fin…Rocky era un perro mas salvo para nosotros que siempre ha sido especial. Su marcha aquel 25 de marzo la hizo acompañado de mi hijo, su verdadero dueño y no me cabe la menor duda de que fue un momento lleno de amor entre los dos pues así transcurrieron las últimas semanas entre ambos. Cuando ya se había consumado su marcha, mi hijo con enorme tristeza me preguntó si los perros iban al cielo. Yo me quedé sorprendido ante la pregunta, y máxime cuando sé que mi hijo es poco creyente y le que dije que sí, que por supuesto que iban al cielo y ahí acabó aquella breve conversación. Pero yo que soy creyente y muy reflexivo he dado vueltas y mas vueltas a la afirmación y convengo el que no es posible entender lo contrario en una religión como la que profeso, en donde mi Dios es amor y no se concibe de otra forma. Podría continuar con otras teorías teológicas pero me quedo con que el cielo en donde van a parar todos los buenos, no se podría concebir sin que aceptara a quienes todo lo que dan es ternura y amor a cambio de nada. No existe de forma natural rencor en los perros, ni maldad. Solo ganas de compartir su alegría con nosotros sin pedir nada a cambio, lo cual hace que el mundo de los perros a veces nos cueste de entender. No está siendo fácil este artículo para mi, pues los recuerdos de Rocky me asaltan sin parar, pero se lo tenía prometido. Seguro que en nuestro paso a mejor vida y en la puerta de entrada al cielo, nuestro perro empezará a mover la cola y azuzar sus ojos y olfato, pues allí estará esperando para volver a compartir sus saltitos, lametones y carreras con quien siempre lo ha hecho…..a cambio de nada como repetidamente he dicho. Y un último apunte: el perro viene a nuestra vida sin pedirlo y se marcha dando gracias por todo y eso es una lección de amor que ya para sí quisiéramos muchos en nuestras vidas. Y si el amor sincero e íntegro se premia por la vida activa y pasiva, pensando y pensando me digo…¿Cómo no van a ir los perros al cielo?
Hasta la próxima y apuren con ganas lo poco que va quedando ya del mes de Agosto
Rafael J. Valls Buitrago




